Comedores y merenderos: solidaridad sin descanso

En medio de la pandemia del coronavirus, los responsables de estos espacios exponen sus vidas para que sus vecinos no pasen hambre. “Nuestra vocación es ayudar”, coincidieron.  

Mientras la pandemia del coronavirus ya dejó más de 70.000 fallecidos en la Argentina, los responsables de comedores y merenderos de todo el país nunca bajaron los brazos ni dejaron de exponer sus vidas a los contagios para que las familias de bajos recursos tengan diariamente un plato de comida caliente.

Entre otras cosas, hablamos sobre la importancia de estar vacunados, la preocupación por la llegada del frío y por la falta de donaciones, algo que se acrecentó con las restricciones.

Todas las mañanas, Noemí Rojas, titular del comedor Ángel Guardián, ubicado en la localidad Mariano Acosta, se levanta bien temprano para preparar las viandas que más tarde les entregará a 500 personas de todas las edades. Lo hace a la par de otras tres mamás que, a través de la venta de metales, cartón y botellas, se encargan de conseguir el dinero para adquirir los alimentos.

Los vecinos colaboran con los comedores sin pedir nada a cambio.

“Antes de que empiece la pandemia venían 35 chicos, después se sumaron 100, y hoy estamos entregando más de 500 raciones a familias enteras”, señala a este medio la mujer, quien desde hace ocho años tomó la decisión, junto con su marido, Héctor González, de tener un espacio para ayudar a los demás. Ambos conocen bien al ruido del hambre que cruje en la panza cuando el vacío es literal.

Madre de siete hijos, Rojas llegó a comer de la basura en tiempos de bolsillos pelados, e incluso su compañero durmió noches enteras bajo un puente sin tener un techo donde vivir. Pero hoy sus realidades cambiaron: el hombre trabaja en una empresa de seguridad y ella es ama de casa; la hija mayor va a la universidad y el resto de los chicos asisten a la escuela. Sin embargo, nunca se olvidaron de los que menos tienen, por lo que hacen hasta lo imposible para que ningún niño padezca una infancia mala.

Preocupación por el frío

“Con el frío la pasamos mal, porque hay vecinos que viven en casillas. Acá no tenemos reparo, cocinamos en el patio, y hay mamás que nos ayudan a tejer frazadas para los bebés que la pasan mal”, afirmó Rojas, tras destacar que no acceden a la garrafa social y que cocina a leña.

Según su testimonio, el avance del coronavirus complicó las cosas“Hay comedores que cerraron. En las Pascuas pasadas vinieron cerca de 405 chicos, nunca vimos algo igual”, indicó y explicó cómo se suelen organizar para hacer la comida: “Usamos ocho ollas y no nos alcanza. Todos los días se va sumando gente. Además, las que vienen son familias numerosas, de hecho hay mamás y papás solteros que concurren con varios hijos”.

Las medidas de prevención, como la utilización correcta del barbijo, son muy necesarias al momento de retirar las viandas. 

Para Rojas, la situación más difícil que le tocó transitar en su comedor fue cuando vinieron varios niños desnutridos que pesaban la mitad de lo que debían.

“Gracias al comedor pudimos sacarlos de ese estado, y hasta hablamos con un nutricionista para que venga a verlos. Hoy tenemos talleres de carpintería, de cocina, de panadería y de costura. A su vez, queremos armar una salita de primeros auxilios para que los vecinos se puedan venir a atender, remarcó y continuó: “Para los chicos y chicas que vienen y no tienen acceso a Internet, tenemos computadoras y ahora estamos armando una canchita de fútbol, una de básquet y otra de vóley. La idea es que la pasen lo mejor posible”.

En tanto, concluyó: “Muchas familias lo único que comen es lo que se llevan de acá. La desesperación de los pibes para llegar a las casas y sentarse con los papás a comer es única. Sentís alegría porque podés darles lo que ellos necesitan y un poco de dolor por ver la cara de tristeza de los padres”.

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